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64 Años: diario de Bandera de la Colectividad Nikkei

Luis Iguchi Cerca al corazón
“La última partida”: Luis “Pichón” Tokashiki Ganaja

En los últimos 27 años en el Tenis AELU no había pasado nada igual.  Tres partidas en menos de dos meses. Tres Amigos que se fueron por la puerta amplia de los recuerdos. Ricardo Mitsuya Higa, Máximo Hirano Matsumura Y en estos días Luis Tokashiki Ganaja. Tres amigos con el cual compartimos su amistad en el término del tiempo, la distancia y los encuentros. 

“Pichón”, con ese apodo simplemente lo conocíamos. No recuerdo como llegó a la vida del tenis.  Sin duda como muchos de nosotros. El tropiezo. Nunca lo vi jugar Tenis, pero él estaba ahí, y poco a poco como todos los que tenemos sangre de amistad.  Fue ganándose el cariño, respeto y la generosidad. “Pichón”, y estaba ahí frente a nosotros. Tal vez empuñando un juego de naipes en las mesas de distracción o teniendo al frente la conversación amena de cuantos amigos se hallaran reunidos.  

Se ganó el apodo de “enciclopedia”. Porque todo lo sabía. Los nombres y apellidos, las fechas de nacimiento, la familia del entorno, las direcciones o barrios o lo que para muchos era el pasado juvenil de cada persona.  Nacido en los años de 1939 y siendo un año mayor que yo.  Teníamos la afinidad planteada en cada conversación. Nos era fácil comunicarnos y fácil de llevar nuestras estadísticas en el mundo de las canciones y los bailes.  Llegaba así tan de repente que la sorpresa era, en cómo se llamaba aquel fulano, del cual nuestra conversación giraba en nuestras mesas de tertulia.

El ambiente del Tenis AELU tiene un hechizo que comienza en el mismo momento que uno pisa sus instalaciones. La cosa está en cada uno de sus participantes. Vivirlo a como uno lo desee o ser partícipe de esa clase de distracción, que viene a ser como una confesión de cargo. “Pichón” lo sabía y lo conocía, y sin ser un jugador de tenis se había ambientado al filo de las canchas de arcilla, y en el reglamento de saber con quién la vida se le hacía más llevadera. Por lo tanto, el amor que tenía por el baile y las canciones, era su punto de más concurrencia en el círculo de cada Shinnenkai o en el ambiente de “La Peña de Nago”. Dos fechas que lo gravitaba cada comienzo de año en la dirección de cada baile por realizar. Y no se diga que era caserito en la fiesta más esperada de nuestra “promoción”. El Shinnenkai del adulto mayor de nuestro querido  AELU.  Ahí formábamos un trio de “Viejitos Maduros” con Max Hirano y yo.

Alguno de los tres teníamos que comenzar bailando los boleros. Aquello que fue el hechizo olvidado de nuestra juventud. “Pichón” siempre me invitaba a la pista de baile.  “Vamos  huevito, que somos parte de ese poco que sabe gozar del baile de antaño”. El  bolero que aun escuchándolo, ya los pies tenían el dibujo de los pasos dados y la mente en qué damas serían nuestras parejas.  Miraba de reojo el ruedo. Y el “Cholo”  Hirano y su esposa Nilda ya estaban calentando motores, para una noche romántica, acompasada y llena de recuerdos juveniles.

“Huevito, cántate el tango Volver. Aquello te sale bien”. “Pichón” tenía la fórmula de las canciones antiguas, su mundo era ya en nuestra avanzada edad, un peldaño más de estar cerca al cielo. Y como alguien lo dijo. Que grato es bailar y cantar mientras las aguas corren a nuestros pies. El Estadio La Unión era su segunda casa como muchos de nosotros. Horas y horas pasándola en tertulias, gravitando los recuerdos en conversaciones y sintiendo que las nuevas generaciones, van tomando aquello que sufrimos sin querer y lo afrontamos. Niños que ya jóvenes, nos dispensan alegrías y jóvenes que siendo hoy maduros, tienden a llevarnos por el camino correcto y seguro de nuestra avanzada edad.

Yo vivo la noche porque siento que es parte de nuestra música, canto y baile. Aquella penumbra que con el correr de los años, presiento que en mucho de mis amigos. La fuerza suele perderse entre sábanas y partes adoloridas. Entre rumas de remedios y vitaminas o simplemente, ese ungüento que por ser casero, tiende a ser la salvación de un día más en el camino que poco a poco se va volviendo solitario. Hoy ya no están en la vera de mi entorno. Ricardo Mitsuya Higa, Máximo Hirano Matsumura y Luis  Tokashiki Ganaja. La pluma, la amistad y las canciones. Bien dicen que al final. Nos vamos quedando solos. Y presiento que la repetición sin ser ofensa. Mata de nostalgia lo poco que ya queda de nuestro pasado.

Los últimos meses en las clases de Karaoke del PAMA en el AELU. En lo que es un acierto a voces llena para nuestra generación de cabecitas blancas y bastones. “Pichón” se recluía en la parte trasera. De ahí en el silencio que su pronta ceguera lo invadía, escuchaba en su razón de vivirlo todo. La inspirada música enka que el maestro Masa Terukina lo llevaba con acierto y prestancia. Aquello tal vez sea el comienzo del final, o simplemente la renovación de recordarlo, por aquellos años que siendo alegres niños. Hoy la fuerza y la razón, se nos va por el camino menos apetecido. “Pichón” vivía cada nota al ritmo impuesto por sus padres. Música de antaño.  Música que en cada cumpleaños, nos envuelve la soledad pero la disfrutamos más.  ¿Será acaso que estando cerca el fin, la vejez nos anuncia el recuerdo y cariño de nuestros ausentes padres?.

La estampa de su apetecido paso por el AELU lo indicaba todo. Siempre acompañado por alguien. Y cuando la soledad le permitía sentarse en alguna banca. La muestra de cariño y amistad se recluía a su lado. Nunca solo, más bien acompañado con dignidad y vigor. Y aquella risa que es muestra de cariño cuando la gratitud invade los recuerdos y las promesas se vuelven hábitos en el ensueño de una tarde. Nos veíamos en “La Peña de Nago”. Y yo simplemente pensaba al mirar a Dos Grandes de la Memoria de nuestra colectividad. A Luis “Pichón” Tokashiki y a don Germán Ganaja. “enciclopedias” únicas en la colonia y en la historia de nuestra música criolla.

Se fue. Tal vez porque su cansado cuerpo ya no lo resistía o porque quizá las melodías de un bolero se hacían el hábito triunfal de no encontrar pareja. Y en eso yo estaba equivocado “Pichón” encontraba siempre lo suyo. El tenue paso de su baile era disfrutado por cualquier dama que quisiera bailarlo a como manda la melodía. Y ahí en la penumbra de un bolero misterioso. Alguien dio la vuelta a como el compás lo sugería.  Fue el momento que viéndolo todo.  Hizo el giro, apretó el paso, sintió el roce fugaz de su vestido, y enrumbó hacia el centro del salón de baile. Era el fin de aquel bolero que moría en los pies de un amigo, que supo bailarlo hasta el cansancio y hasta el final de su nota musical. 

Gracias “Pichón” por esa amistad tan bien cantada, bailada y vivida. Y ahí donde estés, seguiremos bailando aquel bolero que es ritmo, envidia y ensueño.

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