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Un dekasegi japonés en el Perú
La interesante historia de Hiro Kobashigawa Nako y de Chicharrones Kiraku
sábado, 21 de diciembre de 2013 | 3:07 PM
Un dekasegi japonés en el Perú
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Por Christian Hiyane Yzena

A Hiro Kobashigawa Nako (45), un japonés nacido en Okinawa, la informalidad peruana lo sedujo. Fue en 1992 cuando por primera vez llegó a Lima acompañado de varios amigos de la familia Moromisato que por casualidades del destino se topó con el, por entonces, caótico Mercado Central. 

Después fueron los servicios de taxi, donde termina imponiéndose, en muchos casos, la oferta del cliente y las combis de cincuenta centavos que circulan temerariamente por los lugares menos pensados. Ciertamente lo que le gustó fue ese poder de negociación por un mejor precio en medio de la ley de la oferta y la demanda y la falta de control de las autoridades.

Allí donde los capitalinos veían desorden y hacinamiento, Hiro lo tomaba como una oportunidad de negocio. Y no se equivocó como veremos más adelante. Para entonces la estadía fue breve. En realidad, Hiro arribó al Perú con el objetivo de buscar a los parientes que su abuelo paterno, Zenki Kobashigawa dejó en Huaral.

En efecto. Su ojiichan tuvo cuatro hijos. Tres de ellos nacieron en el Perú y el último, precisamente su padre, de nombre Zenkei, en Okinawa. Le dijeron que el mayor de los tíos se había casado por segunda vez y que vivía en Huaral. Pero las gestiones no tuvieron éxito. Después de muchos años, era lógico que las familias muden de lugar por distintas razones, pensó.

Sus amigos peruanos, Arturo e Iván Moromisato, a quienes conoció en Okinawa cuando trabajaba en un bentoya (negocio de comida), lo fueron asesorando. Con el tiempo esa amistad se convirtió en un especial grado de familiaridad. De amigos pasaron a ser primos. Pero sin duda hubo una persona que se convirtió en su mentora y guía: Hideko Ynamine, la madre de estos.

Curiosamente, se estaba presentando un caso atípico del fenómeno dekasegi a la inversa. No se trataba de un peruano, descendiente de japoneses, que llegaba hasta la tierra de sus ancestros para forjarse un mejor porvenir, sino de un japonés, que vio al Perú como una tierra de oportunidades de negocio a gran escala.

Pasaron los años
Hiro regresó al Japón sintiendo al Perú como parte suya. Le gustó la vida, la gente, el clima. No sabía bien lo que se venía pero en algún momento volvería a darse el gusto de pisar el aeropuerto Jorge Chávez por segunda vez. Migró de su natal Kitanakagusuku a la capital. Junto a Arturo e Iván, laboraron inicialmente en Chiba en un astillero, soldando barcos para la marca Mitsui. Después de un año, optaron por irse a Saitama, a una fábrica de soldadura de carros llamada «Sueyoshi».  Allí permanecieron por diez años nada menos, hasta el 2000.

Se dieron un respiro y cada quien buscó una mejor oportunidad de trabajo por su cuenta. Hiro regresó a Okinawa pero siempre mantenía una relación cercana con los peruanos. Sus padres biológicos, Zenkei y Sumiko, cultivan desde hace mucho tiempo verduras y hortalizas y nunca han salido de la zona. Dos de sus hermanos viven con ellos, Etsuko (44) y Kenji (43) y el tercero, Hiroshi (42) reside en Tokio.  Cuando Arturo e Iván llegan a Okinawa se hospedan en esa casa. Y Hiro sabe bien que en Lima, también tiene un lugar donde lo recibirán siempre con cariño.

Una visión distinta del país
Fue en noviembre del 2003 que ante un pedido especial de los hermanos Moromisato, Hiro llegó nuevamente a Lima acompañando a Hideko Ynamine. No hacía mucho que se encontraba libre a diferencia de Iván y Arturo que estaban isogashi (ocupados) con contratos de empleo pendientes en Tokio. El motivo: estaba por iniciarse una serie de modificaciones en la construcción de la casa que poseían en el Perú y necesitaban que alguien acompañe a su madre en la verificación del trabajo de los obreros.

Al concluir la construcción, regresó otra vez a Japón en el 2004 pero con el propósito y la promesa de juntar algo de dinero y echarlo a andar en algún negocio en Lima.

Tres años más tarde y después de trabajar en una fábrica de concreto y ahorrando lo que sea posible, Hiro retornó a lo que vendría a ser, ahora sí, su segunda patria.

Quien mejor le asesoró fue doña Hideko Ynamine. Aconsejado por ella, invirtió en la compra de un terreno en el distrito de Carabayllo (al norte de Lima), una zona que se encuentra en crecimiento actualmente y en un stand dentro de un centro comercial. «Si tú no eres gastador compra esto y esto», le arengaba en todo momento la madre de los Moromisato.

Un día, revisando la sección de venta de predios en el diario El Comercio, doña Hideko, Arturo y Hiro, convienen en visitar una tienda que esperaba por el mejor postor en Los Olivos. Fue así como adquirió la propiedad que años después lo convertiría en Chicharrones «Kiraku», muy cerca a una comisaría de la Policía Nacional del Perú del distrito.

No fue fácil pues implementar el local también costó bastante, casi a la par de la inversión de la compra del predio. El objetivo de Hiro fue imprimirle al negocio un aire doméstico, que los consumidores perciban que no ingresaban a un punto solo para pagar y comer sino que se sientan como en su hogar. «Por eso el nombre de \'Kikaru\', quiero que la gente tenga comodidad, que entrar al negocio sea como entrar a su casa», sostiene con un español poco afianzado.

El plato fuerte son los «Chicharrones a lo Kiraku», una receta que contempla el delicioso sabor del cerdo con el toque de la sazón okinawense, un detalle que lo convierte en un manjar para el paladar. Además hay todo tipo de sanguches y jugos naturales.

Las ventas están creciendo y las manos para atender están faltando. Ya tiene pensado en aumentar el número de empleados, especialmente en horas de la noche. «Ahora el Perú es un país que se puede hacer negocio», reflexiona Hiro mientras no deja de agradecer a doña Hideko Ynamine quien lamentablemente falleció a comienzos del año pasado.

La historia de Hiro parece sorprendente pues es un fiel reflejo de lo que cualquier peruano dekasegi realiza en el Japón. Curiosamente su visión empresarial no estaba puesta en el país en el que nació sino muy lejos de ella. Hoy y sin proponérselo le toca repetir la proeza que con mucho esfuerzo logró también su abuelo Zenki. La historia se puede repetir.

Dato
Chicharrones  Kiraku está ubicado en Calle 7, Mz. N5, Lote 21, Urb. Pro, Los Olivos. Muy cerca a la Plaza Cívica de esa urbanización y a la comisaria del sector. Teléfono: 633-1067. Facebook: kirakuchicharrones. 

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