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Shohei Imamura: el apasionado de los seres humanos
domingo, 6 de abril de 2014 | 1:17 PM
Shohei Imamura: el apasionado de los seres humanos

El realizador Shohei Imamura fue uno de los últimos maestros del cine japonés y uno de los pocos realizadores en el mundo que ha ganado en dos ocasiones la Palma de Oro del Festival Cinematográfico de Cannes (Francia), por La balada de Narayama (1983) y La anguila (1997).

Los críticos han subrayado siempre su humanismo e inconformismo, su amor por los personajes desheredados, olvidados y marginales en el poderoso Japón que resurgió de las cenizas tras la II Guerra Mundial, pero también su deseo de revelar las paradojas y los aspectos más oscuros e irracionales de la sociedad japonesa que había comenzado a cambiar la tradición por el consumismo.

«Soy un apasionado de los seres humanos, casi me siento devorado de pasión por ellos», declaró Imamura en Cannes tras alzarse con el mayor galardón del certamen con La Anguila.

Hijo de un renombrado médico, Imamura nació en Tokio en 1926, estudió en los colegios más elitistas de su país, un mundo de privilegiados del que se alejó cuando fue adulto en un proceso paralelo a su interés por las contradicciones históricas de Japón.

Comenzó a trabajar en el cine como ayudante del legendario Yasujiro Ozu, con el que mantuvo una relación de amor-odio y a quien criticaba por «anular el alma de los actores», dado que consideraba su dirección fría. Trabajó también con otros realizadores de la talla de Masaka Kobayashi, director de Kwaidan. Imamura deja una filmografía de más de 20 largometrajes, equiparable a la de cineastas clásicos japoneses como su maestro Ozu, Akira Kurosawa —a quien admiraba profundamente—, y Kenji Mizoguchi.

El drama social de Deseos robados (1958) fue su primera obra como director y en ella afronta de manera expresionista y caricaturesca los mitos de la sociedad japonesa. A ella le siguió Mi segundo hermano y La mujer insecto (1963), que le dieron fama internacional.

En Deseo pecaminoso (1964) reflejó la vida diaria de mujeres pobres y sin estudios que, para sobrevivir, recurren a la prostitución, mientras que en la sátira Cerdos y acorazados (1961) retrataba el ingenio y la energía de la gente común.

Como ha sido habitual en las últimas generaciones de realizadores japoneses, Imamura hizo incursiones en el sector de películas porno —porno blando en su caso—, experiencia que le sirvió para hacer la comedia Los pornógrafos (1966), donde cuenta los problemas de un director de este género, entonces ilegal en Japón.

Su condición de maestro del cine no le valió en su patria, ya que su productora se arruinó tras financiar Lluvia negra (1989), un fino análisis que con exactitud entomológica estudia los efectos de la radiación nuclear en un pueblo cercano a la ciudad japonesa de Hiroshima, y tardó ocho años en volver a dirigir.

Cuando regresó al cine realizó La anguila, una parábola reveladora de la conducta diferente de los hombres y en la que se relata la historia de un oficinista que mató a su esposa en un arrebato de celos, que aprende a relacionarse con otras personas tras rescatar a una joven que intenta suicidarse y que tiene como única compañía a una anguila. En La anguila —al igual que en Doctor Akagi (1998), en la que rendía homenaje a su padre al tratar con una mirada comprensiva y dura la medicina y sus formas de ejercerla— el cineasta japonés aborda personajes comunes en permanente situación de inestabilidad.

En los años en que estuvo apartado del cine se dedicó a la enseñanza. En 1975 abrió una escuela de televisión y de cine, que actualmente es la más prestigiosa de Japón y en la que se han formado muchos de los actuales realizadores como el controvertido Takashi Miike, quien comenzó siendo su ayudante de dirección.

Su última aportación al mundo del celuloide fue un segmento, que rebosa poesía y simbolismo, para el filme, hecho entre varios cineastas, 11-09-01 (2002). Sobre ella comentó: «Todos hemos perdido a algún familiar durante la II Guerra Mundial. Yo mismo perdí a un hermano en el mar de Tianjin. Japón cometió abusos de poder y sufrió la bomba atómica. Pretendía describir esa sensación de supremo despertar que nos permite aceptar las tragedias vinculadas a una conflagración». Falleció en mayo del 2006 a los 79 años.

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