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Lo que hubo detrás de la exhibición «Yonabaru: 100 años de presencia en el Perú»
jueves, 4 de diciembre de 2014 | 5:16 PM
Lo que hubo detrás de la exhibición «Yonabaru: 100 años de presencia en el Perú»

Por: Milagros Tsukayama Shinzato

«Yonabaru: 100 años de presencia en el Perú» es el título de la exhibición que se inauguró el 12 de setiembre en las instalaciones de la APJ en Lima. Es una exhibición que intenta contarnos la historia de la comunidad yonabarunchu en el Perú, ya que en este año se conmemoran los 100 años del arribo del primer grupo de yonabarunchu al Perú. Pero no es una aburrida exposición sobre historia, es una exhibición dinámica contada a través de las fotografías y objetos en exhibición.

La primera vez que vi la exposición, sentí como si estuviera recorriendo un túnel del tiempo. Las fotos y objetos estaban ordenados en forma cronológica y al verlas podía recrear e imaginarme, por ejemplo, el momento en que llegaron mis abuelos al Perú o cuando abrieron su primer cafetín. O me hacían recordar lo que mi mamá me contaba sobre sus épocas de colegio, en dónde tenía que tomar el tranvía para llegar a Hoshi Gakuen, que era una escuela japonesa de Lima, donde estudiaron muchos hijos de issei de Yonabaru. En fin, son tantos recuerdos.

Desde hace varios meses los organizadores de la exposición realizaron una convocatoria entre los miembros del chojinkai y nos pidieron fotos antiguas de nuestros abuelos o las cosas que ellos habían utilizado (ropa, documentos, objetos en general) y muchos, así como yo, nos pusimos a rebuscar los antiguos álbumes familiares y a desempolvar las cosas que ya estaban casi olvidadas en algún rincón de la casa. Les entregamos nuestros mejores tesoros familiares, que eran fotos, documentos antiguos como koseki, pasaportes antiguos, contratos de trabajo, objetos traídos consigo desde Yonabaru, como suribachi, ishiusu, koto, la ropa que usaron... La lista es bastante larga, pero creo que muchos de nosotros nos sentíamos orgullosos por las cosas que conservábamos en casa y decíamos: «Miren, esto es lo que mi ojii usó» o «Esta foto fue tomada hace más de 60 años». Los organizadores tuvieron la difícil tarea de seleccionar los objetos o fotos más adecuadas.

Mientras buscaba fotos o cosas de mi obaa para la exhibición, sentía como que me reconectaba con el pasado. Encontraba fotos antiguas, en blanco y negro, en donde salía mi obaa o mi ojii, pero acompañados de mucha gente que yo no conocía, pero cuyos rostros se repetían en una y otra foto, o documentos que no sabía que estaban guardados en mi casa. Cada foto o documento era como una pieza de todo un rompecabezas que era el pasado de nuestros abuelos. Ya mi mamá no se acuerda de muchas cosas que le contaba mi obaa; y yo, en aquella época, era muy pequeña para retener todo lo que escuchaba. Como para esta exhibición tuve la suerte de colaborar no solo prestando fotos o cosas antiguas, sino también buscando información sobre la historia de los yonabarunchu, aproveché para reconstruir ese pasado y dar sentido a todos esos recuerdos dispersos. 

Aunque era poco lo que nos contaba sobre Yonabaru, recuerdo que ella siempre decía que había chacras y que mi ojii solía treparse a los árboles cuando era niño. Y con todo eso, yo me lo imaginaba como un pueblo de campo y pequeño, que no tenía nada de interesante. Y ahora que lo recuerdo, mi obaa siempre hablaba de la chacra y de los camotes. Aquí en Perú, a ella le gustaba comer camotes sancochados, más aún si eran los morados, porque decía que eso era lo que más se comía en Yonabaru y en Okinawa. 

Y recuerdo también que mi mamá me contaba una historia más bien romántica acerca de la llegada de mis abuelos al Perú, diciendo que era para pasar su luna de miel aquí, aunque lo primero que hicieron cuando llegaron fue trabajar en la hacienda Paramonga.

Busqué en libros e internet y pregunté a conocidos, encontrando así información sobre Yonabaru, y me di cuenta de que el pueblo de mis abuelos era más que una chacra y muchos árboles. Yo no sabía, por ejemplo, que Yonabaru era conocido por su tradicional festival del Tsunahiki que tiene 400 años de antigüedad o que fue una de las estaciones por donde pasaba el ferrocarril Naha-Yonabaru, cuando aún Okinawa contaba con un sistema de ferrocarriles que unía a casi toda la isla antes de que fuera destruido durante la batalla de Okinawa. 

O que Yonabaru es conocido por fabricar las tejas rojas o Akagawara o que es el pueblo de los «Basha sunchaa», como les llamaban a las personas que dirigían las carretas jaladas, a su vez, por caballos en la época de preguerra.

No pensé que el pueblo de mis abuelos hubiera tenido tantos atractivos, pensé que era un pueblo muy apartado de la capital y casi olvidado, o como mi mamá decía: «Un pueblo bien de inaka».

Compartí algunos de esos datos con los organizadores y, entre todos, reconstruíamos esa historia de Yonabaru, la que seguramente nuestros abuelos nos han contado desde pequeños, pero que muchas veces la olvidamos con el tiempo y que generalmente no la encontramos en los libros, sino en la tradición oral.

En mi casa tenemos muchas fotos antiguas, mayormente de mis abuelos, y creo que las hemos conservado hasta ahora solo por casualidad. Las teníamos guardadas en los álbumes familiares,  metidos dentro de cajas que casi siempre permanecían cerradas y así nos olvidábamos de ellas. Esta escena que se repetía en otras familias.

Si no fuera por esta exhibición, seguro que ya no hubiera vuelto a revisar esas fotos. Al entregar las fotos a los organizadores, mucha de ellas tomadas en las reuniones del chojinkai en Lima, me di con la sorpresa de que otras personas tenían las mismas fotos en donde aparecían su ojii o su obaa. 

En la inauguración de esta exhibición, mucha gente se reencontró con sus amigos, conocidos y familiares, y hasta con sus antiguos compañeros de escuela. Realmente fue una noche de reencuentros con la gente y la historia de nuestros abuelos.

Pero lo que me pareció más significativo fue la colaboración de varias personas ajenas al chojinkai, prestando objetos, documentos y hasta corrigiendo datos que uno mismo no sabía, todo para que esta exhibición, organizada por Yonabaru Chojinkai del Perú, sea un éxito. He conocido a algunas personas que no dudaron en ayudarme cuando les preguntaba si conocían a alguien o sabían sobre algo, e incluso su disposición para prestar objetos que tenían en sus casas para esta exhibición ¡sin quisiera haberme conocido antes en persona, solo por redes sociales! Pero me decían: «Con gusto colaboro». Personas como Rubén, con abuelos de Naichi; o como Ángel, que también era de otro sonjin; o como Nora, una argentina okinawense que demostró que la distancia no es ningún impedimento. En fin, creo que ese sentimiento de cooperación y confianza es parte del icharibaa choode del que tanto se habla, y que caracteriza a los okinawenses y a sus descendientes.

Realmente aprendí mucho de esta exhibición, que me permitió conocer un poco más del pueblo de mis abuelos y me permitió reconectarme con mis orígenes y  sentirme orgullosa por ello, sin dejar de reconocer todo el trabajo duro y sacrificios por los que pasaron nuestros abuelos en el Perú, haciendo que todo ese esfuerzo valiera la pena. Ahora los homenajeamos en esta exhibición.

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