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El problema del transporte, la perspectiva japonesa
martes, 14 de abril de 2015 | 5:38 PM
El problema del transporte, la perspectiva japonesa

Por: Fernando Nakasone

Para todos aquellos que tienen que movilizarse a través de la ciudad de Lima, sienten cada vez que el tránsito se vuelve más y más intenso, y caótico. El tiempo que toma una persona en trasladarse de un lado a otro de la ciudad se vuelve cada vez mayor. 

Por supuesto, si observamos las estadísticas, el parque automotor ha crecido, la venta de autos nuevos ha aumentado 15 veces con respecto a los últimos 10 años; en otras palabras, mientras hace 10 años se vendían 15 000 autos, ahora se venden más de 200 000, sin contar con que desde 1991 se inició la importación masiva de autos usados y definitivamente no vemos que las vías de transporte se hayan incrementado en su misma dimensión. 

Lima es una ciudad con una población de casi nueve millones de habitantes y las tres cuartas partes de esta población vive en los conos norte, sur y este, y finalmente en donde una gran mayoría viaja hacia el centro de la ciudad para trabajar.

Es por ello que para analizar esta problemática desde otra perspectiva, quería contar mi experiencia por haber vivido varios años en Tokio, una ciudad en la que, según los censos, viven (pernoctan) 12 millones de habitantes. Sin embargo, al mediodía, se pueden concentrar allí más de 20 millones de personas, porque entre las seis y las 10 de la mañana llegan más de ocho millones procedentes de ciudades aledañas. 

Es igual a que durante el día llegaran a Lima más de seis millones de personas provenientes de Huacho, Pativilca, Chincha y Cañete. ¿Cómo pueden trasladarse tantas personas en tan corto tiempo? Mediante el tren. Sería totalmente imposible hacerlo a través de autos, combis o autobuses. Un trayecto que en auto se recorre en cuatro horas y en autobús en seis, en tren se recorre en una sola.

Cada tren o metro de Tokio transporta aproximadamente 2000 personas. A las siete de la mañana tú puedes ver que cada 90 segundos llega un tren a una isla (una estación puede tener de una a 20 islas), se detiene y abre sus puertas durante 30 segundos, tiempo en el cual bajan unas 600 personas y suben otras 600 en perfecto orden. Los únicos que empujan son los llamados empujadores, empleados que en cada puerta se dedican a empujar a la gente para que se cierren las puertas. Siempre queda un saco o un paraguas que sobresale, o también un brazo o una pierna atrapada entre las puertas.

Las estaciones son increíbles: cada día por la estación Shinjuku circula un millón de pasajeros, pues allí se concentran más de 10 líneas de tren y ocho de subterráneo. Nunca quedes con un amigo en encontrarte en Shinjuku, porque es imposible.

Los trenes no son un negocio rentable, pero siendo una necesidad pública, el Estado subvenciona el costo del sistema de transporte ferroviario. No obstante, hay algunas líneas privadas, estas encuentran su rentabilidad al adquirir terrenos en zonas aledañas a las estaciones para convertirlos después en centros comerciales, y de esta manera recuperan su inversión.

¿Y los autobuses? Solamente sirven para transportar a la gente desde la estación a los lugares cercanos ubicados a no más de 20 minutos. Pero mucha gente no toma los autobuses porque llega caminando a la estación, y otro grupo grande llega en bicicleta, la estaciona en su estación y la recoge regresando del trabajo en la noche. Prácticamente nadie va a la estación en auto y muy raramente en taxi.

Claro que millones de habitantes de Tokio tienen auto, pero solo lo usan los fines de semana, y es donde se generan las congestiones vehiculares de sábado por la noche. Imaginemos la Panamericana Sur desde Lima hasta Asia con los autos avanzando a una velocidad de 15 kilómetros por hora. Todos salen en la noche anterior para llegar a su destino de descanso y diversión al día siguiente.

Personalmente pienso que es urgente la construcción de un sistema de trenes y metros para poder transportar a tantos limeños. Entretanto, ni el Estado ni la Municipalidad de Lima tienen políticas claras para fomentar el transporte formal y organizado. 

Para que las cosas empeoren, la infraestructura de pistas y carreteras es pésima, los semáforos funcionan sin ningún tipo de programación lógica y menos con sensores de acuerdo al volumen del tráfico, como lo hacen las ciudades avanzadas. Además, donde hay policías de tránsito, las congestiones empeoran en vez de resolverse. Mejor es que dejen los semáforos funcionando antes de reemplazarlos por policías que tienen una total falta de criterio para dirigir el tránsito.

A este problema se agrega la total irresponsabilidad de los conductores. Acá cuando una ambulancia pasa, otros carros simplemente no avanzan y menos se ponen al lado. Hay algunos, eso sí, que tratan de aprovecharse, poniéndose detrás de la ambulancia. Se lo cuentan a gente de otros países y les resulta increíble. Además, la forma de manejar se contagia. Sé de peruanos que en Japón manejaban de manera impecable, pero en Lima terminan manejando como el resto.

Contaré una anécdota que me pasó cuando manejaba por una ciudad en Japón. Me acerqué a un cruce y vi que otro auto llegaba también. Le toqué el claxon para que me deje pasar y pasé, mientras mi copiloto japonés estaba desconcertado. Me dijo que en Japón el claxon es una señal de cortesía, para darle pase al otro conductor o agradecerle, mientras en Lima está asociado a la prepotencia, usado para gritar, insultar o llamar la atención.

Otra comparación imposible de dejar de hacer es que ningún pasajero sube a un tren o un autobús antes que hayan bajado todos los que tenían que hacerlo, mientras que acá la gente se pelea por subir, impidiendo que puedan salir quienes tenían que bajar. Lo mismo observamos en los ascensores: la gente se mete antes que hayan salido los que bajan en ese piso. Esta falta de respeto hacia los demás hace que todo el mundo se demore. En cambio, en la estación Shinjuku, 600 personas bajan y otras 600 suben en menos de 30 segundos.

Muchos problemas, no solamente de tránsito, se resolverían si supiéramos inculcar el valor del respeto entre los limeños: Respeto a las señales. Respeto a los reglamentos de tránsito. Respeto al Policía. Respeto a los semáforos. Respeto a los peatones. Respeto a los demás conductores. Respeto a la vida humana.

Ojalá que algún día resolvamos este problema que abarca no solamente responsabilidades gubernamentales y de infraestructura vial y vehicular, sino también de cultura de la gente, tanto de conductores como de pasajeros.

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