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“A Japón le agradezco todo, hasta el ijime me hizo ser más fuerte”
Miyoko Nishisaka Reyes (31) bebió de las culturas gastronómicas del Japón y del Perú y hoy es artífice de su propio destino: la jefatura del restaurante de Yakiniku «Ganbei» y de su empresa de catering Mielci
lunes, 30 de mayo de 2016 | 7:42 PM
“A Japón le agradezco todo, hasta el ijime me hizo ser más fuerte”
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Por Christian Hiyane Yzena 

Una mañana, cuando apenas llegaba a los tres años, Miyoko apiló varias sillas y se paró encima de ellas para echarle aire al primus (pequeño artefacto que funciona a base de ron de quemar como combustible) y avivar el fuego que pintaba varios colores. Nadie sabía nada. Los familiares que escuchaban el ruido pensaban que era la abuela Rosa Sipán y esta que era su hija Miriam Reyes, la mamá de Miyoko, que cocinaba algo en la sartén de la casa.

¿Qué preparaba Miyoko? Panes embadurnados, arrebozados de huevo que al ser fritos en aceite resultan inmensamente agradables. Un aroma cautivante asomaba por toda la bucólica casa de Huaral. «Ya bajen, que está el desayuno», anunciaba la pequeña al resto que con sorpresa se reunía en el comedor.  Cuando descubrieron la travesura no quisieron ni por un segundo reconstruir el momento. Si hubo riesgos, los asumió Miyoko porque bien valía la pena. Ese fue el primer acercamiento que tuvo con la cocina. 

Al cumplir seis años viajó a Japón cuando su padre Juan Nishisaka (63) quien trabajaba en una fábrica de Tofu (queso de soya), Tokio Besto Shokuhin regresó de Kisai Machi, Saitama, para recoger a su madre. Tres meses le tomó adaptarse al nuevo país. Extrañaba a sus primos, con quienes compartió momentos sencillamente felices. Ya sabemos que la vida del campo se basa en la querencia familiar.  

Ingresó al primer grado en el colegio Kisai Machi Shoogakko. Aprendió rápido. «Me gustó la escuela. Al principio mi mamá me llevaba en bicicleta y colocaba dentro de la lonchera mi senbei (galleta de arroz) y una cajita de leche. Pero eso fue por una semana, porque allá todos se encaminan en grupos y reciben los alimentos del mismo colegio. Estudiaba de 8 de la mañana a 3 de la tarde», recuerda. 

A las 11:45 de la mañana se colocaba una máscara y un mandil cuando le tocaba repartir la comida al resto de niños. Todo estaba balanceado nutricionalmente. «Si comía Kare lo ideal era no comer harina en la noche. Para mí era todo un sistema novedoso», apunta. En el apato le ayudaba a Miriam quien estaba muy augusta con la comida japonesa por lo saludable que era a cocinar.  Entonces Miyoko estableció su primera alianza con la gastronomía nipona siendo niña. 

EL PROGRAMA DE MAI CHAN 

«¿Cómo la ayudabas a tu mamá, le dictabas las recetas, traducías la información de los alimentos?», le pregunté. Nada más alejado de la realidad. De lunes a viernes, se pegaba al televisor a eso de las 5 de la tarde. El canal: Asahi terebi y el programa tenía como protagonista a una niña japonesa de 9 años llamada Mai chan. Allí, la novel conductora soltaba las recetas cantando y Miyoko apuntaba con fruición. Era muy didáctico y le permitió enseñarle mejor a su madre la preparación de platos locales. Incluso de algunos que probaba en el shokudo (comedor) de la Kaisha. 

Después se enteró que Mai publicaba una revista, «Hitori de dekiru mo na» y los adquiría. El primer plato que Miriam preparó fue el Onishime (estofado que lleva nabo, vainita, papa, carne de cerdo). Estaba claro que Miyoko creció entre la cocina de su madre, especialmente de su abuela Rosa, que se dedicaba a la preparación de buffet y pastelería, quien a su vez lo aprendió todo de la bisabuela Rosa Yañez y las viandas japonesas, especialmente cuando se realizaba alguna misa y la tía Takahashi se ocupaba del Osushi y las tempuras. Con el viaje a Japón, su conocimiento culinario empezó a profundizarse.

A estas alturas andaba más preparaba para poder contarle a su mamá también lo que vivió en Japón: el terrible y no menos familiar ijime (hostilización y maltrato escolar por parte de sus compañeros, algo que en el Perú se conoce como bullying) que sufrió en Kisai Shoogakko y que prefirió ocultarlo. Sin embargo, lejos de disminuirla la terminó fortaleciendo, aunque reconoce que lo ideal es no dejarse intimidar y buscar ayuda con los padres y profesores.

LUCHANDO POR UN SUEÑO

Miyoko regresó al Perú a los 9 años. El reencuentro con sus familiares la convenció de que quería quedarse. Se matriculó en un colegio de Barranco, pero sufría con la comida, especialmente cuando en casa había olluquito (tubérculo de procedencia andina de color amarillo). Si algo le cautivaba era el ají de gallina y la papa rellena. Pero también echaba de menos el tako yaki (arrebosado hecho a base de pulpo). 

Terminó la secundaria y mientras muchos de sus compañeros pensaban en ser abogados, ingenieros o médicos, Miyoko abrazaba el sueño de convertirse en una gran chef. A su madre no le gustó mucho la idea, así que ella tuvo que ingresar a estudiar traducción en la Universidad Ricardo Palma. Tres ciclos después lo dejo. «Mi insistencia por la gastronomía era de siempre. Mi mamá  por entonces no estaba en Lima y mi abuela notaba que al regresar de estudiar andaba siempre desanimada. Después aceptaron que no era lo mío», señala.

Después de varias pesquisas, estudió en D’Gallia. En diciembre del 2005, egresó como técnica de cocina. Vinieron las prácticas hasta que tomó la decisión de especializarse en comida nipona. En setiembre del 2006, siempre apoyada por sus padres, regresó a Japón luchando por lo que quería. La experiencia inicialmente no fue fácil. Hablaba y escribía japonés, pero la obligaban a obtener un certificado de un año si se decidía a ingresar a cualquier instituto. Lo que consiguió en Tokio Hirata Nihongo Gakko.

Lo demás cayó por su propio peso: estudió en el instituto de gastronomía Nishi Tokio cuyas especialidades era la preparación de soba, sushi y washoku. «Todo en un año; 50% de práctica y 50% de teoría que incluía nutrición, historia de la comida.  Tuve la oportunidad de cocinar también platos del Perú, que les gustó mucho, y que me sirvió para ser testigo de la fama que tiene nuestra comida: el cebiche, el ají de gallina, escabeche y la papa a la huancaína los conquistó a todos», apunta.

PREMIO PARA EL INSTITUTO

Pero uno de los momentos más importantes y trascendentales de la estancia de Miyoko en Nishi Tokio fue cuando participó representando al instituto en un concurso a nivel de todo Japón y quedó tercera. «Se trataba de un concurso de técnica y rapidez que logré en base a tres platos establecidos previamente. Hice un katsura muki, a base de nabo que tenía que ser lo más delgado posible, en el menor tiempo posible. Siguió un salteado con maní bien frito, kión, pasta de ajo, pollo, cerdo y con 24 huevos preparé 24 crepes en un Wok (sartén de enorme dimensión utilizados por los chinos) sin el menor daño. Todos debían de cumplir con ciertos estándares, ser del mismo tamaño y sin ninguna abertura a la vista», señala.

Cuando obtuvo el tercer lugar nombrándola como peruana sintió que en el mundo mucha gente no conoce al país y de allí las preguntas sobre la ubicación que tiene en el mundo. Sintió una gran satisfacción. Posteriormente fue recomendada a la cadena de depatos (tienda por departamentos) Soho, donde se atendía, solo a la hora del almuerzo, a 500 comensales y finalmente ingresó como cocinera a un supa en Ushihama, Tokio. 

En octubre del 2010, retorna al país embarcada en muchos sueños. Forma la empresa de catering Demae, en el distrito de Surco, ofreciendo makis y ebi furai. Luego la llaman del hotel Radisson y de allí pegó el gran salto y se convortió en Itamae del Westin, la importante cadena hotelera estadounidense. En octubre del 2014, deciden darse un respiro y ponerle más fuerza a su empresa a la que cambia de nombre por el de Mielcita. Después le llamaron de Ganbei y la historia es conocida. 

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