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La historia de Toyama Pension
José Toyama, exdekasegi, fundó un negocio de hospedaje y de servicios múltiples para turistas y ciudadanos japoneses gracias al nihongo que aprendió
martes, 21 de junio de 2016 | 7:06 PM
La historia de Toyama Pension
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Sentirse a gusto con lo que uno hace y disfrutar del placer de los retos que nos pone la vida. Se lee imposible pero alcanzable. Bajo esta premisa se puede comprender mejor la vida de José Toyama Morante (42), limeño y exestudiante del colegio La Salle, de Breña. Ingresó a la carrera de Economía de la Universidad de Lima, pero fue consciente del esfuerzo de su madre, Yasuko Toyama (80), para llevar el negocio familiar, la pollería Leticia, ubicada en la cuadra 10 de la céntrica av. Abancay.

Contagiado por varios de sus primos que viajaron a Japón y regresaban con accesorios electrónicos de última generación para un país como el Perú, que entonces se debatía a diario en una terrible crisis económica y política, decidió seguir la documentación y lanzarse. Pero se planteó tres objetivos: ahorrar dinero, conocer a la familia en Okinawa y aprender el idioma japonés. Concluyó el tercer ciclo y le confesó a su madre qué intenciones tenía. Viajar de todas maneras. Un tío muy querido, Takeshi Toyama, dueño de un Hoikuen en Okinawa Shi, fue su garante.

Pero la espera en Japón fue mucho más corta que el ritmo de la documentación en el Consulado de la av. San Felipe de Jesús María. El hermano de su mamá, Michan Toyama, ya le tenía un lugar en una fábrica de Osaka. «Vente ya, que el puesto espera por ti», le mencionó su tío. «Pero demoraban tanto los papeles. Fueron cuatro meses y no salían», rememora. Perdió el sitio. Cuando la documentación se dio, a fines de 1993, ya era demasiado tarde. 

Miki Toyama, un primo suyo, le abrió otra posibilidad y le pasó la voz. El giro del trabajo estaba relacionado a instalaciones eléctricas, es decir, Denki-ya en la zona de Tsurumi, prefectura de Kanagawa. Además, hubo condiciones como un cierto nivel del idioma, que en ese momento José no manejaba. A pesar del esfuerzo que puso, no le bastó y luego de un mes tuvo que dejar el empleo. Lejos de desmoralizarlo, esto lo fortaleció. Además, formaba parte de los objetivos que se propuso. 

Yokoso Gifu (aunque por poco tiempo) y Osaka

Al conocer que estaba sin trabajo, Niki Toyama, otro de sus primos, le comunica que hay posibilidades de hacerse de un puesto en la zona de Gifu. A fines de 1993 y con el invierno encima, se traslada hasta dicha prefectura. Un gigantesco almacén lo cobijará por el momento, donde realiza distintas tareas. Un mes después, escoge Osaka, en la jurisdicción de Neyagawa Shi. Se trataba de la empresa Daikin Crush, donde se fabricaban discos de embragues. Bajo su responsabilidad tenía la colocación de discos de diverso peso y tamaño. Había que tomarle las medidas milimétricas y ser cuidadoso con el acabado. 

La rutina la llevó bien gracias al apoyo de los jefes japoneses que le sirvieron de mucho. Así recuerda con especial atención a Takagi san. A la par, estudiaba nihongo, idioma que siempre le agradó. Desde pequeño, su madre le fue cultivando el gusto por el japonés y llevó clases en el Centro Cultural Peruano Japonés. Fue aquí donde conoció a quien después sería su esposa, Maribel Higa. 

Poco a poco, entre libros y programas de televisión, José fue manejando mejor el idioma. Sus conversaciones se fueron ampliando y sus posibilidades de conocer a más gente también. Quién diría que estaba labrando lo que sería la herramienta de su futuro trabajo. Pero su destino ya estaba marcado. Medianamente, los tres objetivos se hicieron realidad. Así, retorna a Lima con la idea de retomar la universidad que dejó en el tercer ciclo.

Economía, allá vamos

¿Y el dinero que ahorraste te alcanzó para costearte la carrera hasta el final? Como era natural la respuesta fue no. Pero José comenzó a hacer sus prácticas en varias instituciones financieras, entre el fenecido Banco Latino y el hoy BBVA Continental. Asimismo, trabajó como intérprete durante la toma de los rehenes en la Embajada del Japón, apoyando a los periodistas acreditados de la NHK. En el tema económico, con respecto a los bancos, el sueldo era bueno pero no lo llenaba. «Me gusta manejar mis cosas solo. No soportaba tener a un jefe. Alguien que te indicara qué hacer». Finalmente, decidió invertir su tiempo en un lugar donde se brinde alojamiento con tours originales para distintos destinos turísticos del Perú.

Beca para Okinawa

Pero José sabía perfectamente que necesitaba tomar conocimientos de la especialidad y que el idioma debía ir de la mano con la especialización. Entonces postula a una de las becas que otorga anualmente Okinawa Kenjinkai (Asociación de Okinawa) para seguir hotelería. Consigue la beca y viaja por cinco meses al corazón de Okinawa, Naha minato. Allá ingresa a dos hoteles, al Rowajiro y al Sun Palace, donde es house keeping (se encarga del cambio de sábanas, toallas, limpieza); bell boy (botones) y hace las veces de yoyakasenke (counter). «Aprendí bastante, Okinawa es lo máximo», asiente. De esa manera, pudo manejar mejor su negocio en Lima.

En el 2002 nació Toyama Pension, en pleno corazón de Jesús María y en un lugar estratégico: muy cerca del Centro Cultural Peruano Japonés, el Teatro Peruano Japonés y el Consulado del Japón. José aprovechó el boom del yen barato y del Cusco como gancho turístico y creció. Primero fue una casa con cuatro habitaciones, luego de 12 y ahora de 24. 

Como parte de los servicios que se ofrece está el traslado, la venta de tours, la reserva aérea. Después de que el visitante pisa tierra peruana, todo corre bajo su supervisión. El tipo de cliente, nos comenta, también ha ido variando, desde un grupo de turistas a comerciantes o artistas japoneses. Y todos reciben un servicio A1.

Toyama Pension tiene publicidad insertada en las principales revistas japonesas de turismo, con lo cual las reservaciones se pueden hacer desde allá sin mayores inconvenientes. Hay distintas áreas para que el japonés se sienta como en casa: desde la sala de estar, de lectura y el servicio de lavandería. «Al japonés le gusta leer mucho. Por eso tratamos de tener abundante material de lectura japonesa», asegura José mientras agrega que en los últimos años, la demanda de viajes ha decaído por el encarecimiento del dólar en yenes y el petróleo. 

Asimismo, confiesa que Machu Picchu, uno de nuestros destinos turísticos más conocidos, está pasando de moda y es el Salar de Ayuni, en Bolivia, el que está robando protagonismo. Se muestra seguro de que el mercado mejorará, pero mientras tanto es indispensable no dormirse en los laureles y ver otras alternativas. Finalmente, todo se lo debe al idioma y a las ganas que le puso siempre por aprender. «Me gusta demasiado Japón y la tranquilidad, el respeto», confiesa. Otra cosa que valora y agradece fue la madurez que logró en la isla. «Si tuviera que mandar a mi hijo a Japón, lo haría, porque aprenderá a valerse por sí mismo».

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