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«Japón es un país de valores y confianza que te enseña a sobreponerte»
Katia Cordero Gushiken, la profesora que trabajó en distintas fábricas de Yokohama, nos cuenta su historia. Actualmente, es docente del colegio peruano-japonés Hideyo Noguchi
lunes, 19 de diciembre de 2016 | 6:52 PM
«Japón es un país de valores y confianza que te enseña a sobreponerte»
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Por: Christian Hiyane

Como muchos dekasegi, la profesora Katia Cordero Gushiken (40) enrumbó a Japón con el propósito de seguir el bachillerato y una maestría en Educación. Por entonces, trabajaba como docente en el colegio peruano-japonés Hideyo Noguchi de Chacra Cerro, en Comas, al norte de Lima, un lugar en donde antiguamente muchos descendientes de japoneses tuvieron extensas áreas dedicadas al sembrío de flores y verduras. Era 1996.

Hizo sus prácticas profesionales en esa escuela como profesora de química y tuvo bajo su responsabilidad la tutoría del quinto de secundaria, una labor titánica que requería de experiencia y temple. Afortunadamente, la sensei condujo a buen puerto a este grupo de chicos que estaba por enfrentarse a la vida. Sacó valiosas lecciones que supo guardar, así como amistades —varios de sus exalumnos ahora tienen a sus hijos estudiando en el mismo colegio— que con el tiempo se fueron fortaleciendo. 

Nacida en Ancón, aunque su vida transcurrió en Puente Piedra, Cordero Gushiken siempre quiso ser profesora. La afinidad que tuvo desde siempre con los niños le facilitó la labor en las aulas. Ingresó al Instituto Pedagógico de Monterrico después de terminar la primaria y secundaria en el colegio Santísima Trinidad. Pero la posibilidad de ascender académicamente colisiona con la parte económica, por lo que decide armar sus maletas y probar suerte en Japón por dos años. Tiempo suficiente, pensaba, para reunir algo de dinero e invertir en seguir estudiando.

En la ciudad de Yokohama

A fines de 1998, Katia viaja al Japón. Allá le brindan alojamiento sus tíos Hisa y Carlos Gushiken. De Narita, llegó a Tsurumi, esa pacífica y elegante localidad de Kanagawa que además tiene como vecinos a un importante número de nativos okinawenses. Una de las personas que más le ayudó, especialmente en la cuestión del idioma, fue su primo Carlos Gushiken, quien por entonces estaba en el colegio.

Los inicios, como suele suceder, no fueron sencillos, hubo momentos en que se encontraba sola en el apato porque todos tenían sus propias obligaciones. La televisión tampoco ayudaba mucho en tiempos en que internet no estaba masificado y el idioma representaba el escollo de siempre. 

A dos meses de arribo y después de varias entrevistas, consigue empleo en una importadora de licores. Su labor consistía en el pegado de las etiquetas de bebidas provenientes de países como Argentina y Chile, entre otros. Pocas horas extras y personal en su mayoría de la tercera edad caracterizaban a esta empresa a la que llegaba en bicicleta diariamente. Permaneció allí un año. Para sacarle el máximo provecho, se inscribió en las populares clases de enseñanza de nihongo que la Municipalidad pone a disposición de los vecinos japoneses. 

Buscando algo mejor, Cordero Gushiken ingresa a otro kaisha que fabricaba futones, los populares accesorios para dormir y que en Japón son cosa común. Integraba la parte de planchado. Quedaba dentro de la misma ciudad de Yokohama. Laboró ahí dos años. Sin embargo, cuando estaba por cumplir su primer año de trabajo, la producción descendió, lo que la animó a trabajar en un arubaito de reciclaje. 

El horario variaba y contaban con un turno de noche. Lo administraba la Municipalidad de Tsurumi y en ella trabajaban sus tías. Se encargaba de separar los restos de acuerdo al producto, entre plástico, vidrio o latas. Por esa temporada, conoció al que sería su esposo, Héctor Matsuda. En febrero del 2002, se casó por religioso y en marzo renunció a la empresa de reciclaje. Tres meses después ingresó a un bentoya. «Era un trabajo tranquilo, estaba cerca del apato y mi responsabilidad era completar las cosas del obento», refiere. 

En este negocio, que proveía de obentos a una importante y conocida cadena de ventas al por menor, estuvo por un año; hasta que salió embarazada de su hijo mayor, Renato. Laboró hasta el nacimiento de su primogénito, quien nació en el hospital de Ota, en Tokio. Lo inscribió en un Hoikuen de Tsurumi. En diciembre del 2006, nace su hija Bianca y su madre viaja a Japón para apoyarla. 

Sin embargo su trabajo no se limitaba a la casa. Para poder mantenerse, se dedicó a hacer naishoku (trabajo manual para hacer en el hogar) durante las madrugadas. RINO se denominaba la empresa cuyo rubro era el negocio de las piedras preciosas. Estos productos provenían de Brasil. Aquí trabajó por dos años hasta su retorno definitivo al Perú, en marzo del 2009. 

Seguridad y honestidad

«Hay cosas que no encuentro aquí. Por un lado, la seguridad, sobre todo para los chicos que no pueden caminar tranquilos. Otra cosa valiosa de Japón son sus costumbres y valores, como puntualidad, honestidad. Si hay algo que rescatar de Japón es la confianza sin duda. Y del Perú, me quedo con la alegría de su gente», señala Cordero Gushiken.

Ahora bien, el sueño del bachillerato no prosperó, pero piensa cristalizarlo en algún momento y hasta, por qué no, administrar su propio colegio. La sensei destaca asimismo lo importante que es la experiencia. Hoy más ducha — al menos mucho más que aquella vez en que ingresó a enseñar al colegio por primera vez y que sintió que por un exceso de confianza la situación se le estaba yendo de las manos— recuerda con simpatía ese trance y lo asume como parte de la vida. «Fue un año de experiencias nuevas, me divertí mucho con los chicos», añade. Hoy es una maestra con más recursos y nuevos anhelos para seguir mejorando.

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