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Érase una vez, una tienda…
lunes, 30 de enero de 2017 | 7:51 PM
Érase una vez, una tienda…

Por: Ángel Shirota

La dependienta de la tienda, antes denominada estanco de sal, pulpería, bodega, tambo (para nada la actual ‘cadena’), «el misé» o «la chinita de la esquina», una paisana asiática (desconozco su patria) como nuestros mayores. Despacha en el reino a granel, arroz o azúcar en bolsas brillosas. Antes nuestros padres lo ejecutaban con periódico, papel de despacho, virando estos pliegos. Con pericia empacaban el producto: menestras, chuño o cualquier grano.

Mostradores metálicos lustrosos, la tienda —ahora el reino del empaque— luce surtida con organizadores acrílicos de todas las formas y tamaños. La balanza era de dos platillos de bronce y con un péndulo como la justicia, pero no despachaba libertad, sino víveres. Ahora es digital, te da el precio los gramos y la justicia sigue siendo esquiva. 

Las refrigeradoras era macucos roperos de madera con sonidos a carro viejo y el ¡tim! final de la caja registradora (solo en las más grandes tiendas) con ametralladora (por su sonido tra tra…)

El papel higiénico era Suave pero parecía lija, el jabón era pepita, la leche en botella por la mañana —felizmente todavía no imperaba la terrible leche ENCI— en algunos locales el pan tolete en canasta, la sal solo se vendía hasta el atardecer, al anochecer la «chata» de Cartavio y bebidas espirituosas. Las gaseosas eran variopintas: Lulu, Bimbo, Kola Inglesa, RC, IQ, Pasteurina, Piña Canada Dry, Pepsi, Coca Cola y muchas más… todas de vidrio.

En nuestros recuerdos, las estanterías eran de tosca madera, anaqueles interminables de roble cuyo final era el techo, mostradores o murallas repletas de pocillos de porcelana o enormes botellas de golosinas eran donde nuestros viejos (niños en esta etapa) nos sentaban y eran como un abismo. Era el reino de la madera y el vidrio, ahora son los feudos de los plásticos y los fierros. 

Al interior, una radio de madera amenizaba la tarde, cuyos tubos brillaban en su interior; construida para ser eterna como la mayoría de artefactos al interior del negocio. Mientras, hoy la caja boba de colores ejerce hipnosis y es descartable como su programación y todo en este mundo. La alegría instintiva es contagiosa, es seguro que casi ni comprenden los chistes como mi abuela no entendía a Ferrando, pero igual la hacía reír cada sábado. Ayer, la luz tenue de filamentos incandescentes alumbraba el despacho, ahora los tubos de fluorescentes blancos hacen brillar el negocio.

Ingresar a la tienda de la esquina me hace retroceder en el tiempo. Los ropajes cambian, las condiciones se mantienen, hijo en brazos, niños corriendo, el negocio es la casa. La sala es la tienda y el almacén los dormitorios o «nikkai» el vetusto altillo. El patio del hogar era el parque donde los chicos mataperreaban sin miedo. Ahora no es igual, pues no se puede jugar seguro, ni en las calles, ni en el barrio, menos en la tienda-hogar. No somos libres.

El instinto pendiente para atender al okiakusan que no entiende sus palabras y a sus compradores; para eso están los dedos acusadores que señalan los jabones o la Coca Cola también eterna. Las mismas dificultades para entender y a veces las burlas de algunos palomillas, ahora clientes malcriados.

Lo chicos corriendo, no hay aserrín, ahora es la polución, mientras a la «chinita» no se le entiende nada; siempre impaciente nos atiende con su fraternales gritos. Así lo hacía nuestra obaachan desde el amanecer hasta cerrar la pesadas puertas a la medianoche con la sonoras campanadas del Seiko, hoy convertido en Miray de 12 chillidos. Para preparar la comida de mañana y preparar a los chicos para la escuela. «Poner la tranca» era el inicio de las labores del hogar.

Imagino que la vida de la sacrificada mujer de esta esquina era tan similar a la de nuestros mayores inmigrantes, jornadas laborales desde el alba hasta la noche, atender ebrios, desconfiados en extremos, español indescifrable, el fiero esposo o la abnegada madre. La libertad era un bien escaso, pues eran prisioneros de la tiranía del negocio. Presos de lunes a domingo. Sus hijos, como nuestros padres, comprendían el idioma paterno pero hablan en español.

Algunas vicisitudes no cambian, la incomprensión, sufrir el racista «el chino de…» como no quedarse callado ante los municipales corruptos tan falsos como muchas de las monedas con la opresión de Sunat incluida. Los amigos de lo ajeno antes cogían la mercadería, ahora se llevan hasta tu vida. El tradicional perro muerto (huir antes de hacerse cargo de su cuenta) demuestra que mucho no hemos cambiado en este tiempo.

Vemos a la mujer sola despachar con unos niños pequeños. Al esposo se le encuentra los feriados, un taciturno como hermético personaje con un cigarrillo en la boca cuya ausencia solo predice «el progreso». Él administra otro negocio con un palomilla adolecente entre reggetonero y actor coreano, otro miembro de la numerosa familia. Ya tienen dos negocios, fruto de «romperse el lomo», y seguro un tercero para el joven cuando revolotee del nido y así un cuarto, quinto, cuando cada hijo parta, en fin una historia conocida y muy entrañable…

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