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Carlos Shimomura: “No tendría ni un segundo de duda en dar mi vida por el Perú”
martes, 30 de julio de 2019 | 6:10 PM
Carlos Shimomura: “No tendría ni un segundo de duda en dar mi vida por el Perú”

Por: Carlos Tomona

Perú Shimpo conversó con el destacado ingeniero Carlos Tadao Shimomura Ura, a propósito de las Fiestas Patrias. Él fue el primer nikkei en ser nombrado socio honorario de la Benemérita Sociedad Fundadores de la Independencia, además de ser Gran Maestro grado 33, el grado máximo de la masonería. En esta entrevista nos relata sobre el importante rol que tuvo esa logia en la independencia del Perú, entre otros temas.

“En Japón vine a descubrir que mi razón de vivir está en Perú. Japón no necesita nada de mí; mi país, sí”

¿Qué es la Benemérita Sociedad Fundadores de la Independencia?

Es la primera institución patriótica que se fundó después de la independencia, y se ha mantenido hasta ahora como una organización civil, que rinde homenajes tanto a los héroes civiles como militares. Condecoran y hacen miembros honoríficos a personajes que intervinieron directamente en un conflicto armado y que destacaron por su amor a la patria.

¿Cómo llega a ser nombrado socio honorario de esta institución?

Hay una comisión, dentro de nuestra institución, que está observando a los miembros a los que se les puede dar esta categoría de socio honorario. En mi caso, me llamaron para pedirme más datos, después me comunicaron que había sido escogido para integrar la sociedad, lo cual acepté, y mantengo esa condición hasta el momento.

¿Por qué decide crear la Asociación Civil Amigos de los Comandos Chavín de Huántar?

Después de la liberación de los rehenes, existieron algunas asociaciones de personas ligadas a varias ONG de derechos humanos, que buscaron razones para pensar que se habrían realizado ejecuciones extrajudiciales a los terroristas, de eso se les estaba acusando a los comandos. Conociendo como se había desarrollado esta operación, creí que era una sospecha injusta porque en el fragor del cambio de disparos era imposible identificar al enemigo, puesto que había mucho humo, las bombas estaban incendiando las alfombras, por lo que era imposible ver si alguien se rendía y era ejecutado. Eso solamente lo vio Ogura, no hay ningún otro testigo que confirme ello; además, no resiste un mayor razonamiento de que esto puede haber ocurrido. No obstante, se les culpaba a los comandos, que en su mayoría eran personal de baja graduación y no contaban con los recursos que les permitieran contratar abogados para que los defiendan. Es allí que nos juntamos tres amigos y dijimos: “hay que ayudarlos de alguna manera, estas personas se han jugado la vida por nosotros y ahora se les está culpando de crímenes”. Conversamos con Ántero Flores Araoz, que coincidía con nuestro pensamiento, y dispuso que su estudio nos apoye con asistencia legal. Así pudimos colaborar con los comandos, dándoles soporte legal y moral. Salimos a difundir la verdad de ellos ante la opinión pública (la cual compartimos). De igual manera, nos acercamos a los colegios y dábamos charlas a los alumnos. Hay una promoción de un colegio de Barranco que toma el nombre de “Héroes Comando Chavín de Huántar” en contra de la opinión de los profesores, pues estos en su mayoría eran del Sutep. Nosotros íbamos y los enfrentábamos, dando nuestra verdad en las clases, los alumnos y padres de familia nos apoyaron. Ese fue nuestro aporte, organizábamos visitas guiadas a la réplica de la residencia del embajador para que el público asista y vea cómo había sido la toma de la residencia; ello les permitió constatar que era imposible lo de las ejecuciones y empezaron a valorar mejor la heroicidad de nuestros comandos. Estas actividades trascendieron al punto de que el Congreso nos enviaba cartas de reconocimiento durante cada aniversario.

¿Por qué cree que se da esta persecución a los Comandos Chavín de Huántar?

Me parece que hay un fondo político, puesto que al gobierno de Fujimori una parte de la población no lo apoyaba; quizás sus enemigos no eran muchos, pero sí bastantes bulliciosos y activos, daban la sensación de que lo que ellos dicen era verdad. Nosotros debemos acostumbrarnos a no ver la forma, sino a investigar más, no ser tan facilista de estar acusando, puesto que eso no nos lleva a nada; al contrario, nos divide. He visto el desarrollo del Japón, cómo se han unido con Estados Unidos, a pesar de la bomba atómica, han superado sus diferencias y juntos van hacia un desarrollo. Eso es lo que nosotros debemos de aprender, superar nuestras diferencias y, en la medida de lo posible, dar nuestro aporte. En lo personal, yo lo doy por donde vaya, por las instituciones que pasé voy sembrando esa percepción y digo mi verdad sin ningún temor.

El primer secretario de la Embajada del Japón durante el secuestro, Hidetaka Ogura, acusó a los Comandos Chavín de Huántar de realizar ejecuciones extrajudiciales. ¿Cómo interpreta estas acusaciones? 

Posiblemente, tenía una cercanía a la ideología de los terroristas, puesto que él hizo amistad con ellos, y hay varias interrogantes que el tiempo, de repente, nos pueda despejar. Por ejemplo, los terroristas, al tomar la residencia, tenían conocimiento de los ambientes (sabían cómo desplazarse), por lo que previamente alguien tendría que haberles informado al respecto, pero eso no se sabe. Lo que sí era obvio es que tenía mucha amistad con los terroristas. En el fragor del enfrentamiento, también puede haberse equivocado. Después, guardó silencio. En nuestro país, basta que alguien diga algo y, sin que se pruebe, ya culpabilizan. En nuestra política cotidiana, vemos que eso pasa: es suficiente que alguien diga “yo vi” o “yo escuché” y al otro ya lo meten preso, y después investigan.

En 1982, usted es elegido decano del Colegio de Ingenieros del Perú. Nos podría contar cómo fue su relación con el entonces embajador del Japón en el Perú, Jiro Noda, y con el empresario Carlos Chiyoteru Hiraoka.

Jiro Noda, a quien le deseo toda la felicidad del mundo, realmente fue un excelente embajador. Él asistió a mi instalación como decano nacional y me mandó una tarjeta de felicitación, ello fue el inicio de una amistad que se mantuvo por buen tiempo. Tengo los mejores recuerdos del embajador, él facilito mi primer viaje al Japón, enviándome una invitación oficial. Asimismo, como máxima autoridad del Colegio de Ingenieros, recibía invitaciones de la Asociación Central Japonesa, donde el señor Carlos Chiyoteru Hiraoka ostentaba una participación activa como alto directivo; en varias oportunidades nos encontramos y mantuvimos tertulias sobre diferentes temas de nuestro país. Siempre mi conversación ha estado movida por el Perú porque, si bien soy descendiente de japonés, eso no limita que me sienta orgullosamente 100 % peruano. 

¿Qué recuerda de sus inicios en el Colegio de Ingenieros del Perú?

Recuerdo que iba a traer mi solicitud y pasé dos veces por la puerta, pero no me atreví a entrar; al ver una institución tan grande, al ver a los decanos y directivos que llegaban, hacía que me sintiera que no estaba al nivel de ellos. Tomando fuerzas, entré y presenté mi solicitud, de allí no paré hasta ser decano nacional. 

Usted es Gran Maestro de la Gran Logia Masónica del Perú. ¿Cómo empezó su relación con la Logia Masónica?

He tenido mucho acercamiento, primero con la dirigencia estudiantil, después con la dirigencia criolla, profesional y de formaciones esotéricas. Una tarde que estaba caminando por el Mercado Central, se me acercó un amigo, y me dijo: “Tú tienes el perfil para que entres a la masonería, ¿te interesa?”, a lo que respondí “Sí, ¡¿por qué no?! Siempre me ha atraído” y me dijo: “en mi carro tengo una solicitud”. Allí mismo la llené, se la entregué, y a la semana siguiente ya estaba entrando, esto fue en noviembre de 1985. En la masonería, me inscribí y dije: “¿Qué será esto?”, pero luego me di cuenta de que servía de mucho, sobre todo a la formación. Fui consciente de que en la vida había cometido errores, pero que podía enrumbar nuevamente mis esfuerzos y energías. Pasé por todos los cargos hasta llegar a ser Gran Maestro grado 33, el grado máximo de la masonería.

¿Cuál fue el rol de la masonería en la Independencia del Perú?

La Independencia del Perú ha sido dirigida por masones, al igual que en el resto de países. La Revolución francesa, la Independencia de los Estados Unidos han sido dirigidas por masones, y hasta ahora, la Biblia con que juramentan los presidentes de los Estados Unidos sale del templo masónico, que está cercano al Capitolio. En el Perú, todos los precursores han sido masones, San Martín y Bolívar lo fueron, el primero llegó en un barco dirigido por una logia masónica. Uno de los secretos que tiene la independencia de nuestro país es la reunión que hubo en Guayaquil entre ambos libertadores, surgiría un enfrentamiento entre ellos, pero lo solucionaron masónicamente. El general argentino se retira de la consolidación del movimiento libertario y Bolívar se queda a cargo. 

¿Cómo nace su afición por la música criolla?

Nací en la plazuela de Buenos Aires, crecí en el jirón Paruro, Molino Quebrado, Penitencia, Trinitarias, Buena Muerte. He estado ligado a la música criolla desde mi nacimiento. Crecí en una quinta donde se fomentaba mucho la música criolla, y he estado sobre la silla donde José Pinglo se sentaba (en la sastrería con puerta a la calle del maestro Loayza); allí el compositor se inspiró mirando en el espejo de ese establecimiento y escribió El espejo de mi vida. Como de niño tuve la ausencia de mi padre, buscaba a los mayores; me sentaba en las tardes en el local del maestro Loayza, él dejaba de coser o planchar, cogía su guitarra y tocaba música criolla; de eso aprendí mucho, incluyendo varios poemas inéditos que se conocen en las esquinas, por eso comencé a querer ese género musical. Cada vez que la escucho, me recuerda a mi niñez, que es la época más bonita que viví. 

Su padre, Chuhei Shimomura, fue deportado al campo de concentración en Texas durante la Segunda Guerra Mundial. ¿Nos podría relatar la historia de su padre?

El señor Ura, padre de mi madre, viene en el segundo barco de inmigrantes japoneses, y se va a trabajar a la hacienda San Jacinto (Ancash); allí conoce a una campesina, mi abuela Rosa Menacho. Se unen y vienen al Callao, y tuvieron relativo éxito, poseían dos tiendas y una casa, pero a mi abuelo le gustaba el juego (el póker) y, lamentablemente, en una noche se perdieron las propiedades. Después muere, y mi abuela con sus cuatro hijos se mudan a Barrios Altos, ya que tenía familia ancashina que vivía en ese distrito. Mi madre a los 16 años trabajaba en una casa de moda, y conoce a un japonés de 20 años apellidado Shimomura, recién llegado de Japón. Se enamoran, se casan y nacemos mi hermana y yo. Estalla la Segunda Guerra Mundial, y Estados Unidos necesitaba prisioneros japoneses para intercambiarlos, porque no tenían, ya que estos peleaban hasta morir, no se rendían, por último, se hacían el harakiri. Japón sí contaba con prisioneros americanos. En ese entonces, Manuel Prado, que era el presidente del Perú, ordena la persecución de los japoneses; primero, sufrieron saqueos; luego, la confiscación de sus bienes y la prohibición de que los tengan, por lo que muchos nikkei pasaron sus inmuebles y demás posesiones a sus trabajadores; finalmente, este hostigamiento concluía a través de las deportaciones. A mi padre lo tomaron prisionero, se lo llevaron al panóptico, y de allí a un barco norteamericano. Llegó a Texas, y luego fue canjeado como prisionero de guerra en África. Así es como él llega al país del sol naciente y sirve a la armada de dicha nación en Filipinas, donde conoce a una enfermera japonesa que después fue su esposa y se quedó a vivir en el Japón. Mi mamá también aquí conforma un nuevo hogar. Sé que mis progenitores se amaron mucho, están las cartas como testigo, tengo todas las que mi papá escribía a mi mamá en perfecto español.

Cuando era niño, sufrió la deportación de su padre y los insultos por ser hijo de japonés. ¿Cómo superó esto al punto de sentirse orgullosamente peruano y amar al Perú?

Más son las experiencias positivas que las negativas. Existieron casos aislados de discriminación, de insultos, pero los que apoyaban eran más. Mi cercanía con personas adultas durante mi niñez y juventud me daban su respaldo, eran los patriarcas del barrio que paraban conmigo, entonces, me veían con respeto. Como tenía mi barrunto desde niño, en el colegio no me dejaba discriminar, desde la secundaria era brigadier en el colegio Guadalupe y hacía sentir mi autoridad. En la universidad, pertenecía a la federación de estudiantes, marcaba bien mi entorno, hasta los enemigos me respetaban. En una ocasión, subía a un micro que venía vacío; había gente en el paradero, entonces, todos corrimos para abordarlo, pero una señora me dijo: “¿Por qué no me dejas subir?”. Le respondí: “No la he visto, señora, disculpe”, y ella me insultó: “¿Por qué no te vas a tu país?”. Ante ello, el resto de pasajeros salió a mi favor, otros hablaban por mí, yo no dije nada. La mayoría del pueblo peruano no piensa de forma discriminatoria, al contrario, ahora nos ven mejor.

¿Cómo su padre logró tener gran éxito empresarial en Japón?

Mi padre me decía que su éxito se debía a lo que había aprendido en Perú. Estaba un paso más adelante. La rigidez de la formación japonesa, con lo que interiorizó del comportamiento criollo peruano, fueron la clave. Durante su visita al Perú en 1978, lo acompañé a recorrer el país; en Huancayo, sus amigos de entonces, me decían “tú papá es bien criollo, baila huaynito y cruza el Mantaro a nado”. En Lima, sus amigos japoneses me decían “tu papá era bien criollo”, y él me decía que lo aprendido acá lo ayudó a realizar empresa allá; seguramente algo de razón tenía. 

¿Por qué su papá, a pesar de haber sufrido muchas injusticias en el Perú, decide, años después, ayudar a este país a través de múltiples donaciones?

Seguramente es su sentimiento hacia el Perú. Él quiso mucho a este país a pesar de que se le confiscara sus propiedades, haber sido injustamente apresado y deportado a un campo de concentración en Texas. Los japoneses construyen, no destruyen. A Japón le cayeron dos bombas atómicas, y su mejor aliado, en la actualidad, es Estados Unidos. ¿Por qué mi papá ayudaba al Perú si este país lo trató mal? Es porque tenemos que construir, no destruir. Los japoneses son muy adeptos a ayudar, a donar. Me decía el pintor Noguchi que en los pueblitos de la sierra, donde él iba a trabajar, terminaba donando escuelitas. Los ciudadanos del Japón, cuando hacen estas obras, no las publican, no las difunden, cuanto menos sepa la gente será mejor. Me enteré, por primera vez, de las donaciones de mi papá, por una conferencia de Defensa Civil a la que asistí; el bombero, que estaba a cargo, manifestó, que gracias a la donación de Japón y de la familia Shimomura, habían podido cumplir con sus labores. 

¿Qué reflexiones sobre su peruanidad le dejó su primer viaje a Japón?

Cuando me dirigía con mi papá al aeropuerto de Japón para regresar al Perú, el chofer, que hablaba español, me pregunta: “¿Qué es lo mejor que usted ha encontrado en Japón? Le respondí: “Lo mejor que he encontrado aquí es saber quién soy, a qué me debo, cuál es mi razón de vivir”. El chofer me pregunta nuevamente: “¿Qué quiere decir con su razón de vivir”. Yo le contesté: “En Japón vine a descubrir que mi razón de vivir está en mi país. Japón no necesita nada de mí; mi país, sí”.

Cuando se reencuentra con su padre 36 años después, este le dice: «Hijo, tú eres peruano y yo japonés. Tú muere por el Perú, así como yo muero por el Japón». ¿Estaría dispuesto a dar su vida por el Perú?

¡Claro que sí! A la edad que tengo, qué mejor honor sería ese para mí, ya que de todas maneras voy a partir, por lo que no tendría ni un segundo de duda en hacerlo. Me gustaría morir como en la película El último samurái, donde este personaje, durante su agonía, no ve al enemigo, sino a un sakura, y dice “¡qué bello es!”. Muere contemplando la belleza, no ve a los enemigos que están en un plano pequeño, ve lo que lo enaltece, lo que lo eleva.

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