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«Mi padre fue una persona maravillosa que nunca quiso que sufriéramos»
Luz Marina (Marilú) Nouchi, hija de Yokichi Nouchi, el primer alcalde de Aguas Calientes en Cusco
domingo, 21 de junio de 2020 | 12:45 PM
«Mi padre fue una persona maravillosa que nunca quiso que sufriéramos»
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Por: Rubén Kanagusuku

Editado por Erick Paiva Nouchi

En la siguiente entrevista, Marilú Nouchi, hija de Yokichi Nouchi nos comenta a través de recuerdos la vida de quien fuera el primer alcalde de Aguas Calientes, Cusco, desde 1939 hasta que culminó su función en 1941.

Una breve historia de la llegada de tu papá al Perú.

Mi padre Yokichi Nouchi fue el segundo varón de dos hermanos y una hermana y nació en Otama Mura en la prefectura de Fukushima, el 18 de noviembre de 1895.

A los 21 años estudió para ser profesor, pero como es costumbre en Japón que el hijo mayor herede la casa de los padres, él empezó a pensar en su futuro y en independizarse a pesar que en casa no le faltaba nada. En las noticias mi papá se enteró que el gobierno peruano ofrecía contratos de trabajo en las plantaciones de caucho para los japoneses que deseaban viajar a América del Sur - Perú y uno de sus mejores amigos lo convenció a irse juntos. Estos recuerdos me los contó mi hermano mayor Efraín. Mi padre, con ese espíritu aventurero, se obsesionó con la idea de emigrar y es así que salen un 23 de enero de 1917 del Puerto de Yokohama en el barco Kiyo Maru. En la travesía vinieron hombres, mujeres y niños de diferentes prefecturas de Kumamoto, Fukushima, Yamaguchi, Miyagui, entre otras. Llegaron al puerto del Callao el 17 de marzo de 1917 y se asentaron a su llegada en la Hacienda San Nicolás.

Su familia en Japón ¿Cómo tomó su viaje?

Los padres y hermanos de mi papá se quedaron desconcertados por su decisión de viajar, pero ellos no sabían que él planeaba estar el tiempo necesario en Perú y regresar al Japón con los ahorros que juntaría por su trabajo. Creo que él pensaba darles una buena sorpresa a sus padres y hermanos, así como todos los que hemos salido a otro país hemos pensado quedarnos el tiempo mínimo fuera y volver, pero el destino nos depara muchas sorpresas y eso fue lo qué pasó con mi padre.

Cuando llegaste a Otamamura ¿Cómo fue la sensasión de conocer el lugar de nacimiento de tu papá?

Cuando me tocó emigrar al Japón sentí todas esas emociones que mi padre habría sentido al salir de su país. Mi llegada fue muy emotiva. Recuerdo sobre todo el querer abrazar a la familia de mi padre, conocer dónde nació y visitar la casa de mis abuelos, ya que sabía por él que a mis abuelos los perdí en 1945, durante la Segunda Guerra Mundial. Solo sabía que ellos murieron con la tristeza de no haberlo visto a su hijo y todo este sentimiento desbordaba en mi cuando llegué en el año 1990 a Japón.

Tomó tiempo realizar ese viaje para el reencuentro con tus raíces.

Mi deseo de ir pronto a Otama Mura en Fukushima no se pudo cumplir. Solo después de un año tuve la felicidad de conocer la casa de mis abuelos donde creció mi padre. En el jardín de la casa conservan hasta hoy un árbol que mi padre amaba. Es indescriptible toda la emoción que sentí y más aún encontrarlo al hermano menor de mi padre, Yoshiro. Es una memoria hermosa. Fue como si hubiese abrazado a mi padre nuevamente. Lo más lindo fue que no nos recibió con una venia sino con un cálido y gran abrazo. Lloramos juntos de mucha emoción y luego nos abrazamos con primos y sobrinos. Solo la esposa de mi tío—que era una obachan encantadora—nos hizo el saludo típico japonés. Esa noche de emociones terminó con un gran banquete.

Ha debido de ser algo extraordinario para los dekasegi encontrarse con familiares en el Japón.

Todos mis amigos se sorprendieron cuando les conté sobre el recibimiento que tuvimos de parte de mi familia japonesa ya que tenemos la idea de que los japoneses son un poco fríos. Pero creo que el último viaje de mi padre a Japón, después de 50 años, hizo que su familia cambiara sus sentimientos para con nosotros. Aquella vez fuimos con un traductor ya que no dominábamos el idioma. Fue así que les relatamos cómo es que mi padre llegó al Cusco desde Puerto Maldonado con su nombre de bautizo, Óscar. Mi hermana Dalia me contó que mi padre consiguió trabajo en la Empresa Enafer Peru como conductor de ferrocarriles, entre otros oficios. En aquellos tiempos la última estación y depósito de los durmientes de la línea férrea era en Máquinachayoc, que ahora se llama Aguas Calientes, y es así que mi padre llega a Machu Picchu, cuya vegetación le recordaba mucho a su querido Fukushima.

¿Cómo fue su historia al llegar al entonces pueblo de Machu Picchu?

Varias personas que trabajaban en el ferrocarril empezaron a construir sus viviendas en Maquinachayoc. Mi padre hizo una casa parecida a las casas de Japón cerca al río. Habían en ese entonces muy pocos pobladores y él poco a poco vio las necesidades básicas, como el agua y la energía eléctrica, que tenía el pueblo. Gracias a mi padre, el agua se trajo desde el río hasta una pileta que construyeron con los pobladores, y la energía eléctrica se generó desde la hacienda de un amigo que vivía un poco más alejado del pueblo. Su espíritu de ayuda desinteresada hacía que él tenga mil oficios hasta que descubrió que habían aguas termales en la zona. Es probable que de ahí surgiera el nombre que ahora lleva el pueblo: Aguas Calientes. Junto con los pobladores, mi padre pudo gozar de las aguas calientes y medicinales, y también les enseñó a escribir—a niños y pobladores— ya que la mayoría eran analfabetos. Poco a poco se fue poblando el lugar. El pueblo, al ver que mi padre era una persona solidaria que daba todo por el bienestar de ellos, en la primera oportunidad que se presentó, lo nombró con el cargo honorífico de gobernador en 1939.

¿Formó familia en esa época?

Mi padre conoció a su primera compañera en el tiempo que vivió en Aguas Calientes. Tuvieron cuatro hijos: José (QEPD), Olga (QEPD), Walter (QEPD) y Edgar (QEPD) y vivieron como diez años juntos. Lamentablemente—como en cualquier relación—hubieron problemas y su compañera decidió irse, dejando a sus hijos con mi padre, quien estuvo dos años lidiando con los trabajos y cuidado de ellos hasta que llegó a conocer a mi madre en una feria dominguera del pueblo en Aguas Calientes. Mi madre se llamaba María Gerarda Morales y vivía en Cusco y viajó a Aguas Calientes al saber que una tía estaba delicada de salud. Según lo que contaba, lo de ellos fue un amor a primera vista. Mi padre hizo hasta lo imposible por conquistar el corazón de mi madre, quien se había quedado viuda muy joven con un niño pequeño que mi padre aceptó criar.

Mi madre nos decía que ella sentía mucho respeto por las personas mayores ya que mi padre era mucho mayor que ella. A pesar de que mi padre estaba solo y con hijos pequeños, ella lo aceptó, y es así que llegaron a vivir en Aguas Calientes. Mi madre ayudó en todo lo que podía ya que para ese entonces ya tenían un hotel y un restaurante. Allí nacieron mi hermano César, Efraín, Oscar. Mi hermana Dalia nació en Quillabamba.

Después de muchos años mis padres regresaron al Cusco y se casaron luego de que yo naciera aquí.

Sobre la hermandad entre ciudades:

Mis hermanos José (QEPD), César, Efraín, Dalia y demás familiares fueron invitados a la ceremonia de hermandad entre los pueblos de Machu Picchu y Otama. Mi hermano Oscar y yo no pudimos estar presentes ya que nos encontrábamos en Japón trabajando, pero seguimos los pormenores a distancia. Fue una ceremonia muy emotiva sobre todo el ver a toda la delegación japonesa, a mis familiares japoneses y a mis hermanos y familia presentes.

¿Qué recuerdos tienen de tu padre en Cusco?

Sé que algunos pobladores lo recuerdan con mucho cariño. Tienen muchas anécdotas vividas pero todos coinciden en que fue un gran hombre.

Varios medios de comunicación japoneses han llegado a Aguas Calientes para realizar programas y notas sobre la vida de tu papá ¿Cómo fueron esos momentos?

Mis hermanos que estuvieron en Cusco me comentaron que fueron muy emotivas las entrevistas que tuvieron. Me conmovió mucho que el presidente del APJ Cusco nos invitara a Dalia y a mí a la recepción del embajador de Japón y su delegación. Entre ellos se encontraba la diputada de Fukushima, Iwabuchi Tomo, quien al saber que éramos hijas de Yokichi Nouchi, se emocionó al conocernos. Nos dio mucha alegría escuchar sus halagos hacia mi amado padre.

Ahora ¿Dónde vives?

Actualmente vivo en la casa donde mis padres vivieron desde el año 1960, en Zaguán del Cielo en el Cusco. Todavía aquí hay amigos que recuerdan a mis padres y sienten orgullo de haberlo tenido de amigo a mi papá. Para todos el fue un personaje lleno de amor, humildad y honradez. Los recuerdos felices y tristes de mi vida quedaron sellados con la fotografía que un amigo de mi padre tomó en mi actual casa: mis padres, mi hermanita Dalia y yo, posando sonrientes en el umbral.

¿Qué recuerdos tienes de tu padre? 

Mis recuerdos como última hija son felices y tristes. Desde los tres años recuerdo claramente la presencia de mi padre, un hombre cariñoso, sobre todo con nosotras. Cómo olvidar mi primer regalo, mi gatito a quien tanto amé! Cómo olvidar nuestras salidas tomadas siempre de su mano sintiendo el frío en la sombra y el calor en el sol. O la tristeza que sentí cuando a los nueve años me enteré que mi padre estaba hospitalizado por un atropello. A pesar de su dolor, su sonrisa hacia mí no la perdía. Cómo olvidar cuando lo veía haciendo diferentes trabajos en casa y cuando me enseñaba a tomar y darle ese sabor japonés a la sopa con su soyu y su nabo rallado, tubérculo tan difícil de encontrar. O cuando nos trajo regalos de su hermosa tierra. Hasta ahora conservo la muñeca japonesa que me dio. 

Mi padre fue una persona maravillosa que nunca quiso que sufriéramos a pesar de la carencia económica. Mi último recuerdo de él, un día antes de su partida, es mi hermana Dalita y yo cobijadas en su cama y mi papá consintiéndonos dulcemente por última vez y sin saber que el destino nos quitaría su presencia. Nos cantó el himno de Japón y tristemente repetía que no olvidáramos a su familia. Perder a mi padre fue el dolor más fuerte. Justo entraba yo a mi adolescencia y por mucho tiempo no pude superar su pérdida. Hoy que estoy en la misma habitación donde sentí su amor tan grande por última vez solo me queda agradecer a Dios por haber sido parte de su vida, de sus enseñanzas. El amor a sus semejantes y valores quedaron en mí por siempre. Gracias padre por lo que fuiste, por tu gran amor para todos tus hijos, para mi madre a quien amabas y respetabas tanto. Ahora juntos te celebramos. De parte de Dalita y de mis hermanos, con todo nuestro amor te decimos Feliz Día del Padre! Bendito seas!

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